Phaistos, sur de Creta; 11 hrs con 30 minutos del día 15 de Julio de 1908:

El Sol abrasador del verano mediterraneo se posa implacable sobre las cabezas y rostros de decenas de trabajadores y arqueologos que trabajan sobre las ruinas de lo que pareciera ser un palacio de la era Minoica. Algo difícil de describir parece estar en el aire en aquel momento,algo que electrifica los pensamientos de todos quienes han escavado buscando trozos de historia durante semanas. De improviso una voz de alerta cruza el campo de extremo a extremo, haciendo detenerse las manos polvorientas. Las miradas se vuelven hacia el “Italiano”. Es el jefe de la expedición,su nombre es Pernier. El Italiano camina los metros que lo separan del llamado con una inusual lentitud, como si el tiempo contra el cual siempre luchaba hubiese dejado de existir. Incontables huesos de toro asoman frente a sus ojos desde un pequeño foso excavado a un costado del Palacio. Pernier observa como si fuese un médico auscultando a un paciente.Sabe que algo más se oculta allí,¿acaso la “Piedra Roseta” que tanto ha buscado? o ¿una llave capaz de abrir la puerta de los secretos del mundo mediterraneo?.
Cada hombre tiene en su vida un día,una hora y un minuto en que su propio nombre puede quedar inscrito en la historia, y Pernier sabe que ese es el suyo. Remueve tierra y piedrecillas de forma meticulosa, limpia cada arenilla con su escobilla, hasta que lentamente comienza a perfilarse frente a sus ojos una enigmática forma circular. Observa desconocidos dibujos encerrados en celdillas esparcidas en toda la superficie del objeto. Al darse cuenta que se trata de una figura de arcilla, Pernier redobla sus cuidados y como si fuera un cirujano en una operación compleja, luego de largos minutos, finalmente extrae, un disco desde la tierra. No existe nada que haya estudiado o que haya visto con anterioridad que se le parezca. Los dibujos impresos en él parecen a primera vista ser una forma desconocida de escritura, pero, ni Egipcia, ni Minoíca. Pernier emerge desde el foso con el disco aferrado con ambas manos y lo levanta hacia el sol para verlo mejor. Por instantes, más que un arqueólogo parece el sacerdote de un milenario culto solar….son exactamente para entonces las 12 del día. Las celdillas que contienen los dibujos del disco, le recuerdan a Pernier la forma del Nautilus. Comprende en ese instante que el hallazgo que está en sus manos es el código cifrado de una sabiduría milenaria no conocida por la historia….

Próximo Capitulo “El libro viejo” …